Todos guardamos tesoros en la vida, pequeños destellos que a veces iluminan la memoria. Pero hay otros que se esconden en recovecos tan hondos que parece que la misma tierra los devora. Algunos dicen que siempre hay quien logra desenterrarlos; quizás sea porque dejó de buscarlos. Porque hay tesoros que sólo emergen en el descuido, cuando la guardia baja y la intemperie del alma deja un hueco. Entonces, sin anunciarse, aparecen a tu lado, como si siempre hubieran estado ahí.
El verdadero golpe llega cuando te convencés de haber hallado uno, y lo que abrazabas era apenas la silueta vacía de un deseo. Le ofrecés tu vida entera, la rodeás con tus manos, la defendés del viento, pero no se puede conservar aquello que nunca existió del todo. Y cuando al fin lo entendés, el mundo no se rompe: se desvanece. Se disuelve en un silencio seco. Y vos quedás quieto, sostenido apenas por el peso de la pérdida.
Seguir se convierte en un acto áspero. Te aferrás a los tesoros que de verdad tenés: hijos, hermanos, amigos. Voces que te recuerdan quién sos cuando el espejo no sirve para nada. Pero hay heridas que arden como un hierro vivo; aun sabiendo que soltar es la única forma de apagar el dolor, te quedás ahí, abrazándolas, como si fueran lo último que te ata al mundo.
Y así pasan las noches: una lucha muda contra la soledad que se filtra por cada grieta. Caminás por dentro tuyo buscando puertas que siempre dan al mismo cuarto. Intentás barrer los recuerdos, pero vuelven en remolinos sin forma, desordenados, como hojas que el viento se empeña en devolver. Todo parece torcido. Cada día es un escollo; cada noche, un abismo que no hace preguntas. “Mañana será distinto”, te mentís. Pero el tiempo respira con prisa, ajeno a vos, y el cansancio va marcando la piel desde adentro. Y entonces la lucha vuelve a empezar, circular, inevitable.
Nadie comprende del todo lo que te pasa. A veces, ni siquiera vos.