Recorrer un sendero serpenteante entre montañas que respiran frío, a una velocidad que roza el vértigo, es casi una invitación al espejismo del placer absoluto. Hay algo en mantener el rumbo —atento a las señales, pero con la mente disuelta en esos no-lugares que solo la imaginación conoce— que serena el pensamiento y le devuelve su pulso más hondo. Sentarse bajo la sombra generosa de un árbol en cualquier plaza, mientras la multitud anónima celebra la tibieza del día, ofrece una calma que roza lo sagrado. Ya sea acompañado por los niños que trepan los troncos como si ascendieran hacia un mundo secreto, o en soledad, paladeando un libro que abre ventanas invisibles, el alma inventa pequeñas fantasías que, por irreales, se vuelven dulces. También está ese instante en que un piano —quién sabe dónde, quién sabe de quién— deja caer un jazz irregular que se mezcla con el verde del atardecer. O esa noche en la que el mar respira a nuestros pies y la luna, cuidadosa, nos acaricia los párpa...
Escritos por Raúl Livón