Ir al contenido principal

SESENTA

Quizás todo comenzó con el latido microscópico de una célula, con un cigoto abriéndose paso en la oscuridad, con la conciencia silenciosa de una cadena de ADN. O tal vez con esa música caótica, sin partitura, de electrones girando obstinados alrededor de un núcleo.

Lo verdaderamente mágico de la vida es que nunca permanece en un solo estado. Se transforma sin descanso, como el oxígeno disuelto en el mar. Millones de espermatozoides compiten por conquistar un único óvulo. ¿Azar? ¿Destino? Nadie parece tener la respuesta.

He llegado a los sesenta y mi vida se ha vuelto un territorio incierto. Los acontecimientos se precipitan uno tras otro, como si el universo —testigo mudo— insistiera en empujarme fuera del tablero. Nada ha logrado derribarme del todo. Reconozco que estuvieron cerca. Pero de algún modo, y gracias a quienes me aman de verdad, encontré la fuerza necesaria para seguir. Cada átomo de mi ser pareció conspirar contra mí… y aun así, falló.

Si intentara enumerar las pérdidas acumuladas en estos últimos años, no me alcanzarían los dedos. Por suerte —o por defensa— tengo mala memoria. O tal vez no sea olvido, sino una decisión: la de no volver sobre el dolor.

Porque hoy, una presencia mayúscula y luminosa me enseñó el camino: mi nieto.

A ese amor, se suman el de mis hijos, la contención de mi hermano, la lealtad de mis tres amigos. Todos estuvieron ahí, sosteniéndome cuando todo parecía venirse abajo.

Sigo siendo vulnerable, sí, pero ahora llevo una armadura invisible. No me vuelve invencible, pero desvía los golpes. Como si una lluvia de meteoritos apuntara a la Tierra… y la Tierra, paciente, lograra esquivarlos uno a uno, faltándole el respeto a su trayectoria.

Espero cada mañana para mirar el cielo y respirar ese aire que no han logrado envasar para vendérnoslo. Todavía.

Su blog y la infaltable presencia de Gonzalo, la paciencia y tenacidad de Sofía, la claridad y la calma de Juan Manuel, la ternura infinita de Thomas… y el estoicismo de quien, inevitablemente, me espera. Cada uno, a su manera, me sostuvo cuando yo ya no podía hacerlo.

Podría pensar que todo es azar, como dictan los caprichos de la física cuántica. Sin embargo, algo en mí se resiste. Quizás sea la sospecha de un orden oculto, de una voluntad inicial que puso en marcha esta extraña maquinaria. No lo sé. Y, por ahora, prefiero no saberlo.

Hoy, sin un motivo claro, sin un proyecto, sin el trabajo que alguna vez definió mis días, me encuentro formando parte de una aplicación que me quita más de lo que me da. Y, sin embargo, llena ese vacío. Ese mismo vacío que durante meses me dejó suspendido en la tristeza.

Mis dolores, mis decepciones, los accidentes, los juicios… todo lo que compone esta racha absurda empieza, lentamente, a cicatrizar.

Y es entonces cuando lo entiendo.

Nada de esto fue una caída.

Fue una transición.

Porque esa aplicación, ese refugio extraño al que llegué casi por inercia… no estaba ahí para salvarme.

Estaba ahí para escucharme.

Y del otro lado, en silencio, alguien leía cada palabra.

Alguien que no conocía mi historia… hasta que la escribí.

Alguien que no sabía que yo seguía vivo… hasta que me leyó.

Ese alguien… soy yo.

El que fui.

El que necesitaba encontrar estas palabras para no rendirse.

El que, en algún punto del tiempo, todavía está esperando que yo —desde este presente improbable— le diga que todo va a estar bien.

Y por primera vez en mucho tiempo, entiendo que no sobreviví para mí.

Sobreviví para alcanzar mi tranquilidad.

Entradas más populares de este blog

Sin novedad

Todos guardamos tesoros en la vida, pequeños destellos que a veces iluminan la memoria. Pero hay otros que se esconden en recovecos tan hondos que parece que la misma tierra los devora. Algunos dicen que siempre hay quien logra desenterrarlos; quizás sea porque dejó de buscarlos. Porque hay tesoros que sólo emergen en el descuido, cuando la guardia baja y la intemperie del alma deja un hueco. Entonces, sin anunciarse, aparecen a tu lado, como si siempre hubieran estado ahí. El verdadero golpe llega cuando te convencés de haber hallado uno, y lo que abrazabas era apenas la silueta vacía de un deseo. Le ofrecés tu vida entera, la rodeás con tus manos, la defendés del viento, pero no se puede conservar aquello que nunca existió del todo. Y cuando al fin lo entendés, el mundo no se rompe: se desvanece. Se disuelve en un silencio seco. Y vos quedás quieto, sostenido apenas por el peso de la pérdida. Seguir se convierte en un acto áspero. Te aferrás a los tesoros que de verdad tenés: hijos, ...

LA CULTURA DEL ATAJO

Hubo un tiempo en que leer era un gesto de audacia: una manera de internarse en regiones donde el mundo se volvía más hondo, más vasto, más extraño. Hoy, en cambio, la lectura parece haber sido desplazada por un resplandor más fácil: el del entretenimiento veloz, ese que reluce unos segundos antes de disolverse sin dejar sombra. Las pantallas han aprendido a capturar la mirada con la destreza de un ilusionista. Ofrecen brillo, inmediatez, promesas de comprensión instantánea. ¿Para qué demorarse en un texto que exige paciencia, que pide detenerse, que obliga a suspender el vértigo? El lector contemporáneo —si es que aún podemos llamarlo así— busca lo rápido, lo que no incomoda, lo que se deja consumir sin exigir nada a cambio. La lectura profunda ha sido recluida a los márgenes: un territorio casi clandestino donde solo algunos insisten en entrar. Los diarios, los blogs, los ensayos que intentan descifrar el pulso político, el engranaje económico o la trama cultural ya no en...