Recorrer un sendero serpenteante entre montañas que respiran frío, a una velocidad que roza el vértigo, es casi una invitación al espejismo del placer absoluto. Hay algo en mantener el rumbo —atento a las señales, pero con la mente disuelta en esos no-lugares que solo la imaginación conoce— que serena el pensamiento y le devuelve su pulso más hondo.
Sentarse bajo la sombra generosa de un árbol en cualquier plaza, mientras la multitud anónima celebra la tibieza del día, ofrece una calma que roza lo sagrado. Ya sea acompañado por los niños que trepan los troncos como si ascendieran hacia un mundo secreto, o en soledad, paladeando un libro que abre ventanas invisibles, el alma inventa pequeñas fantasías que, por irreales, se vuelven dulces.
También está ese instante en que un piano —quién sabe dónde, quién sabe de quién— deja caer un jazz irregular que se mezcla con el verde del atardecer. O esa noche en la que el mar respira a nuestros pies y la luna, cuidadosa, nos acaricia los párpados. En momentos así, algo dentro de nosotros decide aflojar la carga, soltar aquello que insistimos en arrastrar como si fuera imprescindible.
Es como si el caos —esa manera desordenada que tiene la vida de existir— se apartara un rato. Como si una ilusión amable nos convenciera de que es posible conducir el mundo con las manos abiertas, sin forzar el timón, sin exigirle respuestas. En ese desprendimiento aparece una dicha antigua, un calor primitivo, como si una parte nuestra recordara el primer refugio, el primero de todos: el seno materno, donde nada dolía y nada exigía ser comprendido.
A veces cuesta interpretar lo que pensamos. Nuestras ideas hablan en un idioma deformado, propio, lleno de gestos más que de palabras. No dicen nada nuevo, pero nos pertenecen, y su misterio nos confunde. Aun así, son prueba viva de que el éxtasis —ese pequeño milagro de estar despierto cada día— no necesita de más química que la que fabrica el alma cuando algo verdadero la habita. Basta levantar la vista al cielo, aunque sea por un segundo, para darse permiso de empezar de nuevo.
Hubo un tiempo en que creí perdida la posibilidad de sentirme vivo. Convencido de haber agotado todas mis salidas, aceleré cada paso como si la carretera fuera a desaparecer antes de ser recorrida. Dejé que la locura tomara asiento en el lugar de la razón, y avancé sin mirar. En la embestida derribé los árboles bajo cuya sombra podría haber hallado paz, y convertí mis días en exigencias que deshicieron la poca serenidad que me quedaba.
Pero la vida no se sostiene con aditivos externos: se sostiene con la química íntima que brota cuando una emoción verdadera encuentra su lugar.
Hubo un momento —pequeño, casi desapercibido— en que incluso el mar, la luz, la música y las palabras dejaron de significar algo.
Y sin embargo, de algún modo, volví al camino.