El problema principal es que no hay otra salida que seguir adelante con lo que queda de mi vida. El suicidio no es una posibilidad. Tengo la obligación moral de continuar viviendo a pesar de todo. De enfrentar los problemas y tratar de encontrarles la mejor solución que pueda. Y enfrentar los miedos que me acogen tomando los riesgos que sean necesarios. La cuestión es como lograr obtener la voluntad de hacer lo que se que tengo que hacer. Dejar de dormir todo el día y desvelarme en las noches con todos estos pensamientos. Simplemente tengo que levantarme y salir a trabajar y enfrentar lo que suceda sea lo que sea. Ojalá mañana pueda lograrlo.
Quizás todo comenzó con el latido microscópico de una célula, con un cigoto abriéndose paso en la oscuridad, con la conciencia silenciosa de una cadena de ADN. O tal vez con esa música caótica, sin partitura, de electrones girando obstinados alrededor de un núcleo. Lo verdaderamente mágico de la vida es que nunca permanece en un solo estado. Se transforma sin descanso, como el oxígeno disuelto en el mar. Millones de espermatozoides compiten por conquistar un único óvulo. ¿Azar? ¿Destino? Nadie parece tener la respuesta. He llegado a los sesenta y mi vida se ha vuelto un territorio incierto. Los acontecimientos se precipitan uno tras otro, como si el universo —testigo mudo— insistiera en empujarme fuera del tablero. Nada ha logrado derribarme del todo. Reconozco que estuvieron cerca. Pero de algún modo, y gracias a quienes me aman de verdad, encontré la fuerza necesaria para seguir. Cada átomo de mi ser pareció conspirar contra mí… y aun así, falló. Si intentara enumerar las pérdi...